14 septiembre, 2015 por José Luis Montemayor Villarreal
MÉXICO, D.F.- 19 de septiembre de 1985. A 30 años del terremoto de la Ciudad de México quedan muchas cicatrices por curarse. La impotencia de actuar ante un evento de esta naturaleza paralizó a miles y dejó también familias pulverizadas.
A las 7:17 horas cuando empezó el movimiento telúrico, nadie se imaginaría la fuerza tan enorme que tumbaría decenas de edificios en las calles de la capital y varios en Tlatelolco.
Con una magnitud de 7.8 grados (otros lo ubican en 8.1) el sismo sorprendió a todos, pero como en toda ciudad grande el movimiento no para, porque el tráfico intenso no se detuvo en sus alrededores. Parecía ser un día como cualquier otro.
Señalan que el epicentro fue cerca de Lázaro Cárdenas, Michoacán, pero la onda sísmica llegó con fuerza a la capital.
– ¿Me lleva?-, le pregunté a un “taxista” de un Volkswagen y junto con él fuimos platicando la angustia de pasar por un evento de esta naturaleza. Luego me dí cuenta que él iba pasando por ahí, pero por mi angustia en mi rostro decidió darme “raid” y hasta no me cobró.
En la radio del auto Jacobo Zabludovsky narraba en vivo lo que ocurría, pues una torre de Televisa cayó, aunque en ese momento se desconocía que murieron varias personas.
Tampoco se sabía de inmediato que las cifras de muertos superaban los 7 mil, pues luego aseguraron que eran más de 10 mil.
Enfrente del Hotel Casablanca varios edificios como sándwiches, tenían los pisos uno encima de otros.
Curiosamente todo era silencio, no se escucharon voces de personas atrapadas en sus paredes.
Una noche antes iba al Hotel Regis, que debido a una manifestación por la avenida Reforma me hizo quedarme del otro lado y salvar mi vida.
El mero día fue inesperado. Nos despertó a todos sin avisar. Es algo que nunca olvidaré.
7:17 horas que no se borran. Cerca de dos minutos que parecían eternos. Estaba en el tercer piso durmiendo en el Casablanca.
Movimiento de paredes que no cesan. No era un juego, pero el sentimiento maltrata. Qué haces ante algo que no se puede detener.
Observé por la ventana un grupo de niñas de un colegio cercano, correr de un lado hacia otro, por ello mejor me alejé de ese lugar.
Escuché el crujir de los mosaicos del baño como si fueran palomitas de maíz en un microondas. Sólo me ubiqué debajo del marco de la puerta, para esperar que terminara el movimiento, pero esto no pasaba.
¿Y si muero? Pero todo se lo dejé a Dios. Mi compañero Juan Jesús Cortés, gritaba “Dios mío”, aunque él se confesaba ateo.
En el caos, en una experiencia como esa, como que sale el espíritu de supervivencia. Ya en el aeropuerto entrevisté a varias personas para hacer una crónica. Pero desconocíamos la magnitud del sismo. No sabíamos de cifras ni vimos imágenes en vivo del desastre que causó entonces.
Con un viaje a Acapulco en puerta, llegamos al puerto y nos enteramos de que no había comunicación en todo México. No dimensionamos la magnitud del sismo.
En un tiempo sin celulares ni internet, lo único era ir al front desk para pedir línea, pero fue imposible en toda la semana.
Ya entonces la televisión nacional todavía no difundía imágenes de edificios caídos como el de Tlateloco y hoteles del DF.
En estos momentos lo que más importa es la familia y en mi casa mis hermanos Chuy y Lety, como mi cuñado Secundino hicieron su viaje a la Ciudad de México, con la orden de traer el cadáver de su hermano Pepe.
Al día siguiente, el 20 de septiembre una réplica de otro sismo ocurrió con fuerza y venía de Zihuatanejo.
No lo sentí pero me percaté en Acapulco luego de ver una supertienda con toda la latería en el piso.
Pero poco sabían dónde me encontraba. Hicieron el viaje en una ciudad caótica, con noticias alarmantes de miles de muertos.
Ellos hicieron el viaje a Acapulco y buscaron hotel por hotel, hasta encontrarme por fin.
Esa fue la mejor noticia para la familia. Que sobreviví a un terremoto y que estaba vivo.