El mismo factor que en el 2005 provocó una avalancha de votos a favor del PRD para llevarlo por primera vez a la gubernatura de Guerrero, fue el que influyó para sacarlo del poder diez años después, en los comicios del 7 de junio de 2015, cuando el PRI recuperó la gubernatura y avasalló electoralmente al otrora izquierdista partido del sol azteca.
El hartazgo de la sociedad guerrerense, en dos momentos distintos, se manifestó en un voto de castigo, primero contra el PRI para convertir en gobernador a Zeferino Torreblanca Galindo, una opción distinta para lo que se consideraba un sistema caduco que mantenía estancado a Guerrero, y que llevó al elector a buscar una alternativa de gobierno en la elección del 2005.
Seis años después, el priísta Ángel Aguirre Rivero fue postulado por el PRD para retener la gubernatura, lo cual consiguió al derrotar en las urnas a su primo, Manuel Añorve Baños, postulado por el PRI.
Pero si la administración de Zeferino Torreblanca se caracterizó por entregar los cargos jerárquicos superiores a gente foránea, despreciando a los perredistas que lo habían encumbrado a la gubernatura, así como por el asesinato de líderes sociales y perredistas, la de Ángel Aguirre fue un fiasco por la represión contra estudiantes de la Normal rural de Ayotzinapa, con la cual se estrenó el 11 de diciembre del 2011, apenas ocho meses después de asumir el cargo.
Y la debacle del gobierno aguirrista vino después de los hechos del 26 y 27 de septiembre de 2014 en Iguala de la Independencia, cuando normalistas de Ayotzinapa fueron reprimidos por policías de ese municipio, gobernado por José Luis Abarca Velázquez (PRD) y del vecino Cocula, bajo la administración de César Miguel Santana Peñaloza (PRI), quienes habrían participado en la ejecución extrajudicial de seis civiles, entre ellos tres estudiantes de la Normal, y la desaparición de 43 de sus compañeros, aun sin esclarecer.
Aguirre se vio obligado, por la presión política y mediática, a separarse del cargo el 17 de octubre pasado, y eso fue el principio del fin de la era “perredista” en Guerrero, porque los dirigentes locales, acostumbrados a tener una figura paternal o de líder que los condujera y financiera, se sintieron en la orfandad ante el entonces cercano proceso electoral de gobernador, Ayuntamientos y Diputados locales.
Entre si Aguirre se mantuvo leal y agradecido con el partido que le permitió ser gobernador por segunda ocasión, o entre si chaqueteó y apoyó al PRI, hay un mar de dudas, pero lo realmente importante es que en los comicios del 7 de junio reciente el PRD sufrió una derrota estrepitosa que no esperaba.
Sin meternos a revisar tantos números, basta decir que de 9 de los diputados federales que ganó en la elección del 2012, solamente obtuvo el triunfo en dos distritos; de 17 distritos locales que ganó tanto con candidatos propios como en alianza con PT y Movimiento Ciudadano en el 2012, en esta ocasión bajó a 10; y de 43 ayuntamientos bajó a 24, tanto en candidatos propios como en alianza con el PT, además el PRI le arrebató Iguala y Tlapa, y estuvo a punto de recuperar Acapulco.
Sin embargo, la mayor pérdida del PRD fue la gubernatura. Después de diez años de gobernar Guerrero, los excesos del último grupo gobernante, las denuncias de desvíos de recursos, la corrupción, la represión contra movimientos sociales, el asesinato de estudiantes que mantiene en crisis política y social a Guerrero, fueron caldo de cultivo para un voto anti-PRD, como en su momento hubo un voto anti-PRI, que llevó a los electores a cambiar la geografía electoral en la reciente elección.
El 7 de junio, los electores decidieron dar por terminada la década del PRD, partido al cual responsabilizan de la miseria en que se encuentra Guerrero, y del incremento en los hechos de violencia, seducidos por el eslogan del candidato del PRI, Héctor Astudillo Flores, de darles “un Guerrero con orden y paz”.
Se acabó la década del PRD y retorna el PRI a gobernar, aunque eso, es obvio, no garantiza el viraje tan real y necesario que le urge a Guerrero.
Ojalá estemos equivocados y la entidad comience a recuperarse aunque sea en forma paulatina, o de lo contrario surgirán los arrepentimientos, los reclamos, y tener que vivir seis años esperando que llegue el siguiente relevo en el Gobierno.