Rodolfo Villarreal Ríos
Plata Pura
Entreverados en la próxima visita papal, esta semana los políticos mexicanos salieron a exhibir su sapiencia vasta y en la rebatinga por colgarse de la sotana “celestial” todos perdieron las formas. Uno fue a entregarle carta y medallita con la efigie del “defensor de los indios.” Otros olvidaron (¿sabrán lo que significa y todo lo que costó cimentarla?) la separación estado-iglesia y lo quieren trepado, ¿con o sin indumentaria religiosa?, en la tribuna de la Cámara de Senadores. Algunos más están muy complacidos elaborando sumas de los beneficios económicos y políticos que la visita del ciudadano Jorge Mario Bergoglio Sivori, en su rol del Papa Francisco, les acarreara. Con toda certeza, usted lector amable, se preguntara: ¿Qué tienen que ver con los políticos mexicanos de ahora el encomendero arrepentido e investido como defensor de los indios, Bartolomé De Las Casas y el neolonés quien, entre 1837 y 1850, fuera obispo de Sonora y de 1850 a 1862, se desempeñara como arzobispo de México, José Lázaro De La Garza y Ballesteros? En el caso del primero, a pesar de su glorificación como defensor de los indígenas, sus escritos muestran que solamente se cubría con la piel del cordero para imponerles la percepción que él, y los suyos, tenían sobre la religión, lo demás fue la excusa. En lo referente al segundo, era un opositor rabioso a la separación estado-iglesia, aun cuando él sí no se envolvía en zalea alguna. Al parecer estos casos son algo que, entre tanto conocimiento intelectual que cargan, se les traspapeló a nuestros políticos eruditos. Sin embargo, este escribidor se fue a revisar los estantes y ahí encontró la información que les comentara a continuación.
En cuanto se nos menciona a don Bartolomé, la primera imagen que nos viene a la mente es la del fraile erguido con el indígena postrado a sus pies. Tierna la estampa, ni quien lo dude, pero al final de cuentas no es sino la victoria de uno sobre otro o, para decirlo más claramente, un monumento a la sumisión. Pero vayamos a lo que De Las Casas escribió en Apologética respecto a la religión y los dioses de aquellos seres primitivos a los que él, mientras los defendía, se encargaría de convertir a la fe verdadera. Sorprendido apuntaba que “por toda la Nueva España tantos eran los dioses, y tantos los ídolos que los representaban que no tenían numero…Yo he visto casi infinitos dellos: unos eran de oro, otros de plata, otros de cobre, otros de barro, otros de palo, otros de masa, otros de semillas diversas..” Asimismo, daba cuenta de que los indígenas “tenían dios mayor, y este era el sol, cuyo oficio era guardar el cielo y la tierra; otros dioses que fuesen guardadores de los hombres y estuviesen por ellos como abogados ante aquel gran dios. Tenían dios para la tierra, otro de la mar, otro de las aguas, otro para guardar el vino, otro para las sementeras; y para cada especie de ellas tenía un dios…” De igual forma, precisaba que aquellos aborígenes, “…para cada día de la semana y del mes y del año tenían su ídolo con su nombre propio…y así todos los días estaban ocupados con estos ídolos y nombres…” en ese contexto, el fraile dominico reparaba en un hecho que le resultaba difícil de aceptar, apuntaba que “había en la provincia de los totones o totonacas, que son, o por mejor decir, eran las gentes más propincas a la costa del mar o ribera del Norte,…una diosa muy principal, y ésta llamaban la gran diosa de los cielos, mujer del sol, la cual tenía su templo en la cumbre de una sierra muy alta, cercado de muchas arboledas y fructales de rosas y flores, puestas todas a mano, muy limpio y a maravilla fresco y aereado; era tenida esta diosa grande en gran reverencia…Teníanla por abogada ante el gran dios, porque les decía que le hablaba y rogaba por ellos…” Como ya sabemos que para poder ejercer las creencias religiosas de cada quien son requeridos intermediarios, los nativos también empleaban sacerdotes, quienes “…tenían muncha orden y grados diversos de nombres según sus oficios o ministerios. Había summo pontífice o sumo sacerdote. Tenían obispo inferior al summo; inferiores a este obispo eran los comunes sacerdotes. Había otros ministros del templo…” Se imagina, usted lector amable, lo que eso significaba, eran costumbres de barbaros.
Afortunadamente los indígenas encontraron quien los defendiera y les hiciera entender que esos eran hábitos primitivos. No había otra forma de calificar aquello de: adorar un dios principal junto con otros más, creer en una diosa suprema que intercediera ante el dios principal, representarlos de materiales diversos, dedicarles días de fiesta y tener sumos sacerdotes, este conjunto de costumbres los hacia vivir en el pecado. Por lo tanto, deberían de convertirse a la religión católica que para nada fomentaba la superchería y la sumisión. Además, contaban con él, De Las Casas, quien los defendería en contra de toda injusticia siempre y cuando entendieran que había que reverenciar a quien portara la cruz so amenaza de anatema. Y así, bajo la piel de cordero defensor de indígenas, don Bartolomé contribuyó a consolidar lo que duraría por las próximas tres centurias en donde lo único que se fomentó fue la pobreza y la ignorancia en la mayoría de la población hasta que unos rejegos decidieron empezar a terminar con aquella sumisión
Al momento en que el guerrerense, en su carácter de presidente interino, Juan Nepomuceno Álvarez Hurtado emitió, el 23 de noviembre de 1855, la llamada Ley Juárez, elaborada por el ministro de justicia y negocios eclesiásticos, Benito Pablo Juárez García, mediante la cual se eliminaba el fuero y los tribunales eclesiásticos, José Lázaro De La Garza y Ballesteros, en su calidad de arzobispo de México, encabezó la protesta en contra de tal medida. Cuatro días después de la fecha mencionada, De La Garza escribía a Juárez que “…este privilegio [el fuero] ha estado vigente y han disfrutado de él todas las iglesias de la republica desde que se fundaron, fue y ha sido a virtud de que siendo un privilegio propio de todo cuerpo eclesiástico… las leyes generales de la Iglesia prohíben que de grado o por fuerza consienta alguno en la privación del fuero.” Para concluir su protesta, don Lázaro buscó endulzar el oído de don Benito y de don Juan y apelando a la supuesta religiosidad de este último, apuntaba esperar que “este asunto lo mandara pasar a nuestro Smo. Padre; de cuya disposición estaremos pendientes, por no sernos posible obrar en contra de las leyes generales de las Iglesias, ni dar cumplimiento a disposición alguna que las contradiga.”
Como el oaxaqueño tenia empaque de estadista y no de “cachavotos,” el día ultimo de noviembre le respondió al neolonés diciéndole que el Presidente Álvarez estaba convencido de que “…la ley que ha expedido sobre administración de justicia, en manera alguna toca puntos de religión, pues ella no ha hecho otra cosa que restablecer en la sociedad la igualdad de derechos y consideraciones, desnivelada por gracia de los soberanos que, para concederla, consultaron los tiempos y circunstancias.” Asimismo, le recordaba el origen del fuero y en función de ello “no encontrara motivo para que el Soberano [el presidente] ocurra al Sumo Pontífice y acuerde y combine con Su Santidad un punto que es de su libre atribución, y respecto del cual no reconoce en la tierra superior alguno.” A ello, el arzobispo replicó no buscar la aprobación de dicha ley por parte del papa, sino que su objetivo era que “…él, o me dé por libre de guardar las leyes de la Iglesia que me prohíben que de grado ni por fuerza consienta en la privación del fuero y del juramento que hice para cumplirlas, o me prevenga la conducta que debo de seguir en el particular.” Las cosas no terminarían ahí.
Más tarde, en 1859, Clemente de Jesús Munguía, obispo de Michoacán; Francisco de P. Verea, obispo de Linares; Pedro Espinosa, obispo de Guadalajara; Pedro Barajas, obispo del Potosí, y Francisco Serrano, como representante de la mitra de Puebla, junto con De La Garza, publicarían una carta en contra de la expedición del decreto del 12 de julio de dicho año relacionado con la libertad de cultos, la cual según ellos era “un atentado enormísimo contra la ley de Dios: que el gobierno de un pueblo exclusivamente católico, lejos de tener libertad ninguna en este punto, está obligado por la divina ley a proteger y conservar íntegra la religión católica, apostólica, romana; y por tanto, comete un horrible crimen contra Dios, cuando abre las puertas de la nación y promete protección a todos los cultos falsos.” Seguramente extrañaban los días en que el gallero de Manga de Clavo, el López del Siglo XIX, los trataba muy bien. Pero como no iban a protestar, sí el estadista Juárez también les había expropiado sus propiedades y negocios. Desde entonces no han descansado para recuperar canonjías. Soliviantar crédulos, ayer y ahora, ha sido el método. Unas veces incitando para que se vayan a matar entre hermanos y otras cubriéndose con ropajes de demócratas y amantes de la justicia, pero eso sí siempre cuidadosos de engordar la alforja.
Hoy, encubiertos con la piel de oveja, con un discurso meloso quieren hacer creer que el poder terrenal no les interesa y nunca faltan colaboradores dispuestos a postrarse con tal de ganar unos votos. Por supuesto que ya cuentan con el López del Siglo XXI quien empezó desde la centuria anterior dando sobornos, perdón donaciones, para que lo apoyen, aun cuando hoy simplemente lleva una medallita con la efigie de aquel que tanto ayudó en la cimentación de lo que prevalecería durante tres siglos. Pero como algunos no quieren quedarse fuera de la rebatinga por lo celestial, los senadores buscan convertir la tribuna de esa cámara en púlpito sin percatarse que al hacerlo abren la puerta para que cualquier otro líder, de la religión que sea, demande que a él también se le reciba ahí. Porque ni modo que nos digan que el papa Francisco va a ir ahí despojado de sus ropajes eclesiásticos como el ciudadano Jorge Mario Bergoglio Sivori. O será que nuestros políticos, sagaces como son, prevén que derivado de ello, para que haya reciprocidad, podrán ir a cualquier templo y desde el púlpito solicitar el sufragio en la próxima elección. Cuando el país requiere de un estadista, lo único que encontramos son oportunistas aspirantes a un cargo quienes buscan mediante la genuflexión agenciarse, mediante una supuesta bendición celestial, unos votos en la próxima contienda electoral. Al parecer, no se han percatado que les dan trato de objeto de uso. Pero que podemos esperar de esta generación de políticos mexicanos quienes no son capaces de poner en justa dimensión la muy personal y respetable forma en que interpreten su relación con el Gran Arquitecto y la mezclan con los asuntos de estado. vimarisch53@hotmail.com
Añadido: El paro nacional convocado con aromas mieleros del sureste resultó tan trasparente como aquella democracia priísta de la época de Sansores Pérez, nadie alcanzó a percatarse de ello. Ni siquiera los familiares de uno de los promoventes lo observaron, uno de ellos estaba ocupado presentando lo que le filtraron. RVR