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Del estadio Piedras Negras al Yankee Stadium, sin olvidar los campos llaneros

Del estadio Piedras Negras al Yankee Stadium, sin olvidar los campos llaneros
Periodismo
Junio 07, 2015 21:17 hrs.
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RODOLFO VILLARREAL RÍOS › guerrerohabla.com

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Como vivimos días en que hay que ser cuidadosos de no caer en falta, y ser acusados de andar promoviendo a tal o cual tendencia política, decidimos dar un recorrido por los diversos diamantes beisboleros que hemos visitado como aficionados a lo largo de cincuenta y siete años.
Todo empezó un domingo, allá por 1958, en nuestra natal Piedras Negras, Coahuila, cuando acompañamos a nuestro padre, Don Rafael Villarreal Martínez, a presenciar un encuentro de béisbol de la llamada Liga Minera “Miguel Pier.” Se enfrentaban el equipo de Río Bravo y el Club 45, el escenario era el Estadio Piedras Negras, ubicado en el espacio que hoy alberga, en la calle de San Luis en la Colonia Roma, al Hotel Posada Rosa. Aquello consistía en una tribuna central de concreto, debajo de la cual se alojaban los llamados palcos a nivel del terreno de juego y por los lados de la primera y la tercera base estaban colocadas gradas de madera. Innumerables fueron las veces que correteamos por el pasillo que llevaba a los palcos. Durante el verano, apretujados tomábamos nuestro asiento para presenciar los partidos que protagonizaban, en la Liga Regional del Norte de Coahuila, los Diablos Rojos de la Consolidada, después de AHMSA, y los Astros o bien los juegos de exhibición cuando visitaban los equipos de la Liga Mexicana, los Diablos Rojos del México y los Sultanes de Monterrey para enfrentarse a los equipos locales. En el otoño, junto con nuestros amigos Jorge y José Ángel Rodríguez De La Torre asistíamos en ocasiones como espectadores, y en otras como bat boys, a los encuentros de la Liga Otoñal, cuando jugaba el equipo de Almacenes Montemayor, dirigido por Zeferino Rodríguez Salinas. Asimismo, al final de los encuentros, teníamos oportunidad de recorrer el terreno de juego. Y cuando la concurrencia no era numerosa, nos dábamos tiempo para treparnos hasta lo más alto de la tribuna central y desde ahí observar el partido que se efectuaba en una de las llamadas “ligas llaneras,” en el entonces sitio descampado que hoy ocupa la secundaria técnica. En este contexto, podemos señalar que no fueron pocos los juegos de dichas ligas que presenciamos a nivel del terreno de juego. En el estadio Piedras Negras, participamos en alguna competencia atlética, en la cual hicimos el juramento deportivo, así como presenciamos competencias de jaripeo a las que acudimos junto con nuestros hermanos y nuestros primos Gilberto, Guadalupe Leonor, María del Rosario y Ana Luisa Mata Ríos acompañados de sus padres, los tíos Gilberto y Leonor. Así, trascurrió nuestra infancia beisbolera, hasta el día, que no recordamos con precisión, en que se anunció que el estadio sería derrumbado pues ya se había edificado otro que contaría con instalaciones modernas, el cual se ubicaba por los rumbos aledaños al llamado campo de “La Pedrada,” ahí hicimos nuestros pinitos beisboleros, y hoy se ubica la Plaza de las Tres Culturas.
Entonces, el líder del sindicato minero, Daniel Hernández Medrano, se dio a la tarea de construir lo que inicialmente se llamó Estadio Adolfo López Mateos y después de la Sección 123. Estaba proyectado para contar con las comodidades modernas de aquellos tiempos. Sin embargo, dificultades intrasindicales dejaron todo a medias y terminó en un campo beisbolero con una tribuna de concreto, un sitio al cual seguimos acudiendo domingo a domingo para presenciar los encuentros beisboleros de los equipos locales arriba mencionados, pero sin “sabor beisbolero.”
Pero en donde si lo percibimos fue cuando visitamos el Parque Cuauhtémoc ubicado en la Avenida Madero de la ciudad de Monterrey. Acudíamos como participantes a unos juegos pre nacionales de basquetbol como miembros del la selección Coahuila y antes de iniciar la competencia, el 5 de julio de 1970, día de elecciones presidenciales, asistimos a ver a los Sultanes de Monterrey en contra de los Leones de Yucatán. De pronto, sin que recordemos porqué, Héctor Javier Chapa nos invitó a que lo acompañáramos a visitar el dog out del equipo local. Ni tardos, ni perezosos aceptamos y allá vamos a adentrarnos en las entrañas del galerón en donde la madera predominaba hasta que nos encontramos enfrente del entonces máximo ídolo del béisbol mexicano, Héctor Espino, con quien Héctor Javier guardaba una amistad cercana, y el resto de los integrantes del equipo regiomontano. De regreso a la tribuna central, con un estadio repleto de aficionados, aquello permitía disfrutar el partido. Después de eso pasarían varios años para que volviéramos a disfrutar plenamente de un partido beisbolero.
Eso sucedió durante el año de 1977. Recién llegados a la ciudad de México, morábamos en una “casa de huéspedes” a distancia corta del Estadio del Seguro Social ubicado por la Avenida Cuauhtémoc y Obrero Mundial. El antiguo Parque Delta, a pesar de las mejoras realizadas, mostraba los signos del tiempo. Sin embargo, seguía albergando aquel sabor de cuando el béisbol era un deporte con una alta dosis de romanticismo. A dicho sitio asistiríamos un sin fin de veces, acompañados de nuestros hermanos, Enrique, Juan Antonio y José Gerardo, así como de nuestro amigo sonorense, Ramón Alberto Luque Gastelúm. Y así, hasta varios años después cuando por última vez acudimos, ya para entonces llevando a nuestras hijas e hijo mayor, a presenciar un encuentro entre los Diablos Rojos y los Tigres. No imaginábamos entonces que, tiempo después, el estadio seria victima de la piqueta para dar paso a “la modernidad.”
Pero si de modernidad se trata, esa fue la que encontramos en los estadios de grandes ligas. A finales de mayo de 1983, visitamos el estadio de los Anaheim Angels de la Liga Americana en donde seriamos testigos de la serie en la cual el equipo local barriera con los New York Yankees. El estadio era cómodo, ni dudarlo. Meses más tarde, acudiríamos al viejo estadio de Mile High en Denver, Colorado para presenciar un par de encuentros disímbolos. Uno del equipo local Denver Bears en contra de los Iowa Cubs, los cuales competían en la categoría Triple A. El otro fue un encuentro de exhibición entre jugadores veteranos de las ligas mayores que había tenido su momento estelar entre 1950 y la década de los setentas, nombre usted el que guste y ahí estaban mostrando lo que en un tiempo había sido su grandeza. Posteriormente, a principios de este siglo, en el Rogers Centre de Toronto, Canadá veríamos a los Blue Jays enfrentar primero a los Cleveland Indians y tiempo después a los Anaheim Angels. Por supuesto que el sitio es un monumento a lo nuevo con todo y su techo movible. Pero que nos resulta carente de ‘sabor beisbolero,” algo que sí ubicamos en el partido que presenciamos en un encuentro de la Liga Mexicana del Pacifico cuando, a finales de la década de los años noventa, en compañía de nuestro amigo extinto, Martín Careaga Hernández, fuimos a meternos al Teodoro Mariscal en Mazatlán, Sinaloa para ver a los Venados enfrentarse a los Algodoneros de Guasave. Si bien el inmueble no es un monumento a la modernidad, es cómodo y los aficionados disfrutaban gozosos del espectáculo. Todo esto vino a nuestra memoria hace unas semanas.
Estábamos, junto con nuestra esposa, a las puertas del nuevo Yankee Stadium, una obra monumental. Sin embargo, al adentrarnos en aquel sitio pleno de comodidad y espacio, estuvo lejos de impresionarnos. Se nos hizo un sitio carente de alma y “sabor beisbolero,” porque una cosa es que cuente con todo lo deseable y otra que emita un ambiente cálido. Se enfrentaban los neoyorquinos a los Texas Rangers. Nos encontrarnos con que a los integrantes del equipo neoyorquino poco les importaba lo que sucediera, positivo o negativo. Eso nos llevó a preguntábamos como era posible que fueran de líderes en su división, la vergüenza deportiva se había ido de paseo. El partido, dominado ampliamente por los texanos, dejó mucho que desear en términos de calidad. Aquello era de “tira y agáchate,” errores por aquí, desgano por allá y en el colmo de la chunga, los locales utilizaron a quien jugaba primera base para que lanzara la última entrada. Y no sabemos si como consecuencia del espectáculo o porque así se comportan siempre, a nuestro alrededor observábamos como los asistentes estaban mas preocupados en ver cuantas cubetas de palomitas de maíz, hot dogs y cervezas consumían que en el desarrollo del partido. Para la séptima entrada, más de la mitad de las localidades estaban vacías, ya se habían ido pero ya podían decir que habían estado ahí. Según nos cuentan quienes conocieron el viejo Yankee Stadium y han acudido al actual, con aquel se fue el aura de misticismo que rodeaba al espectáculo beisbolero para dar paso a uno moderno que solamente alberga frialdad.
Será que no acabamos de quitarnos nuestra perspectiva de chamaco provinciano, será que hemos dejado atrás la pasión beisbolera, será la nostalgia, vaya usted a saberlo, pero hasta nuestros días seguimos añorando el “sabor beisbolero” que se respiraba en el entorno de aquella tribuna central de concreto, sus palcos y las gradas de madera a los extremos que constituían el viejo Estadio Piedras Negras. vimarisch53@hotmail.com
Añadido (1): Previo al evento, los contendientes se gritan, amenazan y acusan. Durante la disputa, no obstante que ya saben a quién le tocara ser el vencedor en esa ocasión, pareciera que van a descuartizarse, aun cuando en ocasiones algunos lastiman en verdad al rival. Al concluir, los contendientes, se guardan por un rato para posteriormente departir juntos. Mientras tanto, los partidarios quedaran rumiando sus rencores hacia quienes no compartían su perspectiva. Por supuesto que nos referimos a la lucha libre o ¿Acaso usted imaginó otro tipo de contienda? RVR
Añadido (2): No traten de crear un héroe donde no lo hay. Recordemos: quien financió las plumas encargadas de enrarecer la campaña de Colosio; de donde salieron los fondos para impulsar a los “zapatistas” chiapanecos; quien ordenaba entregar maletines para convencer al mesías tropical de levantar sus plantones en el Zócalo; los actos en donde se presionaba a los candidatos priistas triunfadores en las urnas para que aceptaran declararse derrotados ante los panistas. Muchísimo de lo que hoy padecemos tenemos que agradecérselo (¡¡!!) a ese adalid (¿?) de la democracia. RVR

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