Editorial Miopía de la Corte


Domingo 21 de junio de 2015 | DLF Redacción

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Junio 22, 2015 21:01 hrs.
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En la Misa del Sagrado Corazón de Jesús, la liturgia ha puesto a nuestra consideración, en la Primera Lectura, unos versículos del capítulo once del profeta Oseas: “Cuando Israel era niño, yo lo amé, y de Egipto llamé a mi hijo. ¡Yo fui quien enseñó a caminar a EfraíN; yo, quien lo llevaba en brazos!; pero no comprendieron que yo cuidaba de ellos. Yo los atraía hacia mí con los lazos del cariño, con las cadenas del amor; yo era para ellos como quien alza a una criatura contra sus mejillas, y me inclinaba hacia él para darle de comer. Mi corazón se conmueve dentro de mí y se enciende toda mi ternura” (Os 11, 1.3-4).

Comentemos el texto:
“Cuando Israel era niño yo lo amé”. Esta es una de las características principales de Dios: nos ama, y ¡nos ama como Padre! Desde el primer momento de nuestra existencia, pues somos hechura de sus manos.
“…de Egipto llamé a mi hijo”, este “mi” es un posesivo, implica pertenencia, es decir, le pertenecemos a Dios, y por eso puede decir con toda propiedad que somos “sus hijos”. Por otro lado, el llamado es "de Egipto”, lugar de la esclavitud. El Padre quiere a “su hijo” libre, no esclavo, por ejemplo, del pecado, de las pasiones desordenadas, de los propios gustos o caprichos. El Padre nos quiere libres, por eso nos llama e incluso nos busca.
“Yo fui quien enseñó a caminar a Efraín…”. Esta es una tarea indispensable que ha de realizar todo padre: enseñar a “caminar” en la vida, porque para engendrar bastan unos minutos, para “enseñar a andar por esta vida” no hay tiempo que alcance. ¡Qué satisfacción tan grande para un padre ver que el hijo camina en esta vida hacia el cielo! Sus consejos, su orientación, su ejemplo ha dado fruto.
“…Yo, quien lo llevaba en brazos”. Cuando se va caminando con un niño y éste se cansa, el papá lo alza en brazos y sigue andando. El niño avanza porque el padre lo lleva, pero ya sin esfuerzo e incluso podría hasta dormirse, y cuando despierte habrá llegado a la meta. El papá llegará más cansado por haberse esforzado el doble, pero con la felicidad de haber llevado al hijo, cuyo peso, como el yugo del Señor, es suave y su carga ligera. Cargar implica hacerse cargo de lo que necesita el hijo, no sólo materialmente, también espiritualmente. La auténtica paternidad ayuda a madurar en ambos sentidos.
“¡Pero no comprendieron que yo cuidaba de ellos!”. Cuidar es educar, es advertirles de los peligros, es ayudarles a crecer en la virtud; pero esto, algunos hijos no lo comprenden e incluso se quejan de los padres, confundiendo este cuidado con opresión. El principal cuidado de un padre es ayudar a los hijos a ser hombres y mujeres de bien y auténticos cristianos.
“Yo los atraía hacia mí con los lazos del cariño, con las cadenas del amor”, “los atraía hacia mí”. Dios es el fin último de la existencia humana, por eso hace todo lo posible para llevarnos hacia Él. Un padre humano debe llevar a sus hijos a Dios “con lazos de cariño”, “con cadenas de amor”. Un lazo ata, inmoviliza de alguna manera, no deja ir a donde uno quiere, y a veces lastima; pero hay que entender que es por amor. Así hay que llevar a los hijos a Dios con ataduras de amor, aunque les duela, porque, en cierto sentido, sólo se llega a Dios atado, cuando se ata la voluntad personal a la de Dios, y eso no se hace sin dolor ni sufrimiento. Esa es labor de un padre: “atar” al hijo, “encadenarlo” hacia Dios, aunque el hijo en el momento no entienda, después lo entenderá y lo agradecerá. Pero ha de ser con “cariño y amor”. El padre tiene que manifestar este amor siempre, sobre todo cuando lo lleva a Dios. Los hijos aprenderán a amar también por el amor que experimentan de su padre.
“Yo era para ellos como quien alza a una criatura contra sus mejillas”. Así nos trata Dios-Padre, con un gran cariño, que hay que descubrir a través de la fe; sin ella no se puede experimentar.
“…me inclinaba para darle de comer”. El Padre se inclina, se abaja; lo cual queda manifestado plenamente en su Hijo que se ha inclinado hasta tomar nuestra pobre naturaleza y se ha inclinado hasta quedarse en el pan consagrado, para dársenos Él mismo como comida. Cuando comemos algo sabroso, agradecemos a quien nos lo da por el tiempo, el trabajo, el esfuerzo, en fin, por todo lo que invirtió. Ante Dios tenemos que manifestar el agradecimiento por ¡inclinarse a darnos de comer todos los días! La vida del buen hijo debe ser una continua acción de gracias. Un buen padre siempre piensa en el alimento a sus hijos, lo cual implica esta “inclinación” que en cierto sentido implica humillación. ¡Un padre que no es consciente de que tiene que inclinarse a darle de comer a sus hijos espiritualmente, no es un buen padre!
“Mi corazón se conmueve dentro de mí y se enciende toda mi ternura”. El Corazón de Dios-Padre “arde de amor” por el hijo, y “se llena de ternura”. El corazón de un padre humano tendría que decir lo mismo, “veo los esfuerzos de mis hijos y eso me conmueve”. Me enternece ver que el hijo quiere ayudar a su mamá, que quiere lavar los platos o lavar su ropa, que se esfuerza por estudiar, etc. Entonces se llena el corazón de ternura, gozo, felicidad, alegría al ver que el trabajo educativo, formativo, empieza a dar su fruto.

Conclusión
“Toda paternidad viene de Dios Padre”, como afirma San Pablo en Efesios (3,14). Por esto, es en nombre del Padre que se es padre.
En cada hijo hay cierta trascendencia de esta paternidad, porque ellos son “mi” prolongación en la tierra. En la medida en que un padre no sólo provee, sino educa, el hijo es la continuación de “mi” trabajo, de “mis” esfuerzos, de “mis” ilusiones…
¡Feliz Día del Padre!

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