Sergio Enrique Castro Peña

Hablemos de utopía, anarquía y del “big brother” / I de II

Hablemos de utopía, anarquía y del “big brother” / I de II
Periodismo
Enero 07, 2016 19:37 hrs.
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Antes que nada, quisiéramos expresar nuestros deseos para que este 2016 sea por lo menos un poco mejor que el finado 2015. Lo incluimos como un deseo, porque su inicio no es más que una expectativa desprovista de la consideración de cualquier dato o información previa. Es la utopía simple que como ritual obligado, año con año, nos hacemos sobre aspiraciones frustradas. Sin embargo, en las circunstancias actuales no deben quedar como simples ideales, sino representar un fuerte acicate para cumplir con la responsabilidad que tenemos para el futuro y con aquellos a quienes les entregamos dicho futuro.
En nuestro escrito anterior, mencionábamos, brevemente, el tema de la utopía. La considerábamos como ese mundo que es el mejor que pudiera existir y cual la mítica zanahoria constantemente perseguimos sin lograr alcanzarla. También asentábamos que sin ella, nuestra existencia tendría poco valor, escaso sentido o bien no seriamos capaces de tratar de encontrar la explicación de la misma. En un espacio determinado de nuestra vida, se nos plantean tres alternativas: seguir en el mismo lugar, retroceder o avanzar. La selección es nuestra. Hasta qué grado, ello depende de las circunstancias.
La realización de una utopía requiere de un cambio que lleva implícito la definición de hacia dónde queremos ir y que tan lejos queremos llegar. De igual forma, establece como condición que para aspirar a llegar a ese lugar, se requiere de un cambio, de una modificación. En ello, va implícito un nuevo modo de pensar, de valorar y de actuar. Es lo que las religiones y la filosofía, cada una con diferente significado, definen como “un hombre nuevo”. Este concepto, lo encontramos en todas las culturas y civilizaciones. Predominan las concepciones definidas por los griegos con Sócrates y Platón; en el cristianismo con la figura expuesta en los evangelios de Jesucristo; en el buen gobernante con “El Príncipe” de Nicolás Maquiavelo; en el ciudadano ejemplar de Jean Jacob Rousseau, hasta llegar a la mal interpretada figura del “Zaratústra” de Friedrich Nietzsche.
Pero, antes de adentrarnos a las implicancias de una utopía, nos gustaría tratar un punto condicional de su existencia que es una situación anárquica, caótica, por aquello de para llegar al cielo, primero hay que pasar por el purgatorio o no puede haber calma sin tempestad. Los períodos de caos o anárquicos al constituirse en elementos impredecibles, y por lo tanto incontrolables, son el problema mayor al que cualquier gobierno espera enfrentarse, incluso los anárquicos.
Sin embargo, al formar parte sustantiva del progreso y el crecimiento, los gobiernos y las fuerzas de poder se ven orillados a reconocer que su existencia no solamente forma parte del proceso de una sociedad sino que es una condición necesaria para seguir teniendo una presencia importante y necesaria.
Los estudios sobre el comportamiento de las sociedades y del sistema productivo, nos muestran que por el carácter mismo, no solo de los bienes, su utilización, vida útil, sino también en los procesos producción, influyen en crear lapsos entre su producción, su disposición en el mercado, su impacto en los consumidores y su obsolescencia. Asimismo, tenemos que considerar que la introducción de una nueva tecnología, no solamente impacta en el quehacer normal, sino también lo hace en la vida social. En igual forma, contribuye y repercute en todos los ámbitos: productivos, comerciales, operacionales, financieros, comunicación y políticos entre otros. Todos esos cambios, de alguna manera, sabemos incidirán en nuestra forma de vida actual, la manera de relacionarnos, de comunicarnos, de valorar e inclusive de reaccionar a esos mismos cambios. Todo ello habrá de repercutir ineludiblemente en la gobernabilidad y la política.
Con los medios de información y comunicación electrónicos, nuestra capacidad de sorpresa y sobresalto se ha modificado, manifestándose en un estado de insensibilidad desconocida, aun hace solo treinta años. La internet, un sistema de comunicación utilizado en sus inicios exclusivamente o mayoritariamente por los centros de investigación y los organismos de seguridad nacional (EUA y Europa), tardó casi cuarenta años para pasar de esos exclusivos recintos a ser del dominio general. Pero, esta tecnología hubiera seguido estando restringida sin la aparición, casi paralela, del chip, un elemento indispensable para el funcionamiento de las computadoras, del tamaño que queramos, robótica, aeronáutica, telefonía móvil, informática, telecomunicaciones, en fin en cada uno de los elementos de los procesos de producción, distribución y de consumo. Se estima que la capacidad de un chip, microchip, semiconductor o circuito integrado, de acuerdo a la ley de Moore, emitida a principio de los noventa, establecía que cada dos años su capacidad se iría duplicando y mientras que su tamaño se reducirá a la mitad y por ende sus costos. Hasta la fecha, los preceptos de dicha ley, se han cumplido. Los efectos cismáticos pudieron vislumbrarse, pero su dimensión no, de igual manera la revolución producida en todos los niveles, y los efectos en la forma, no solo de comunicarnos sino de vernos, de ser influenciados y del concepto tan arraigado de privacidad.
Nos encontramos con un nuevo tipo de caos, de anarquía, no como los grandes terremotos que arriban en forma estridente, sino de pequeños, casi imperceptibles, movimientos que al cimentarse se manifiestan en forma avasalladora, invadiendo cada rincón de nuestras vidas. Una nueva forma de generar y manifestar una revolución. La violencia no es física, es abrasante y sus efectos finales, positivos y negativos, están por conocerse. Pero, de una cosa si estamos seguros, la masificación sobrepasa los ámbitos de lo productivo y del consumo. Invade, también, lo participativo y en el deseo de intervenir cada vez más en la toma de decisiones o por lo menos vivir la sensación de ser participe.
La masificación y un acceso a los bienes utilizados por los estratos económicos más altos, han intensificado el deseo de imitación y lo que es más significativo lo ha sacado del obscuro refugio del anonimato a un pudoroso exhibicionismo. Pudoroso, porque de alguna manera nos escondemos en una aparente seguridad de anonimato cibernético. Podemos ser, o aparentar ser, cualquier persona que queramos. Podemos difundir todo un expediente o historia: con fotografías que relatan nuestra supuesta vida, los lugares a donde hemos viajado, donde estudiamos, nuestros familiares, hasta episodios cotidianos que consideramos son de interés. Creamos nuestros reality show, nuestros “quince minutos de gloria”.
Esta masificación, al acortar, por lo menos en apariencia, entre los diferentes estratos económicos, aunado a los progresos sobre igualdad y legalidad, hacen que los ricos tengan mayores problemas, no para ser ricos, sino para parecer ricos. De igual manera, la masificación y las facilidades para acceder a los medios de comunicación de una persona común, produciendo en unos pocos minutos un impacto tal, en las redes sociales, que son la envidia de aquellos que viven de ser y que la mayoría crea que son celebridades. El mundo utópico está al alcance de la mano, está dentro de las posibilidades de cualquiera que pueda pagarlo. Llegamos al fin de la utopía.
Pero, como en toda utopía, brillosa o siniestra, tenemos nuestro “hombre nuevo”. Ya no es el curioso, ni el intrépido, tampoco el conquistador, no hacedor de imperios o patrias, ni el emprendedor. No, este “hombre nuevo” se mueve y quiere moverse de tal manera que le da honor a su nombre “Anónimus.” Lo podemos captar en las marchas, participando activamente, ya sea en la organización, control, incentivación, arengando, pero siempre buscando y actuando esconder su identidad, cubriéndose el rostro, porque al ocultarlo envía también el mensaje de que su actividad es riesgosa y toma ese riesgo para el beneficio global. De igual forma, ese radicalismo, que no es nuevo, pero si su difusión y la amplitud del mismo tiene sus matices y sus impactos. Tenemos, desde las marchas antes descritas, los plantones y los cierres de vías de comunicación hasta acciones más contundentes como son el ataque a instalaciones gubernamentales y de particulares con el quiebre de vidrios de ventanas y aparadores, llegando al sacrificio de victimas, con ataques terroristas, en los cuales se amplía la responsabilidad de sus reclamos, hasta los gobiernos y gobernantes, al ciudadano común. Sí yo sufro, tú también tienes que sufrir. Sí yo vivo inseguro, tú también debes vivir así. Tú eres coparticipe y cómplice de tu gobierno porque tú lo elegiste, por consiguiente, tu eres responsable de lo que hace o vaya a realizar tu gobierno. La realidad cambio, las reglas de esa realidad, también.
Nos enfrentamos a cambios y avances notables en los campos del comportamiento humano, natural y social. En las ramas que estudian la naturaleza humana destacan los realizados sobre nuestro cerebro como son: la neurología y ciencias cognoscitivas. De igual forma, el estudio del comportamiento humano en un medio ambiente dado, como éste influye en él y a su vez como lo modifica. Estos estudios han sufrido un cambio sustancial en su desarrollo incentivados por el avance mismo de la tecnología, tanto en la captación de información como en la capacidad de acceder a ella. La facilidad de estudiar directamente el funcionamiento del cerebro sin dañarlo, algo que habría sido imposible unos años atrás. La simulación, los modelos virtuales y la robótica han proporcionado herramientas, no solo para captar más información, sino para almacenarla y procesarla. Las llamadas supercomputadoras y el enlace entre ellas proporcionan la oportunidad a los estudiosos del cosmos no solamente de conocer un momento de nuestro universo, el actual, también pueden remontarse a sus orígenes y además realizar escenarios probables de su futuro.
Otra tecnología, que no solamente hizo posible la internet, sino que facilito los avances de los medios de comunicación que actualmente gozamos los constituyen los satélites que orbitan nuestra atmosfera. Pero el uso de los satélites no está suscrito a la recepción y envío de mensajes, incluyen la captación y transmisión de imágenes. Con ellos, se pueden captar instalaciones, militares o no, escenas, que se están realizando o paisajes de la tierra. Incluso, por medio de sistemas infrarrojos, pueden determinar la presencia seres vivos, incluso determinar de qué tipo. Pueden captar la vida diaria de cualquier persona, su ubicación y lo que en ese momento está realizando.
Toda esta ciencia y tecnología está a disposición, pero no al acceso de todos. Los poseedores, mayormente los gobiernos de las economías más importantes y las grandes corporaciones, saben lo que representan. Aparte, de la romántica idea del progreso científico, son una poderosa herramienta para escudriñar las entrañas de nuestro cerebro, como funciona, cuales son los mecanismos químicos para incentivar o desincentivar las hormonas que regulan nuestro comportamiento y que puede ser manejadas para diferentes objetivos, mediante la técnica de estímulos y castigos, de transmisión de sensaciones de triunfo o fracaso, de pertenencia o rechazo.
Conocimiento que puede utilizarse tanto en el campo individual, el social, el económico y en el político. Su manejo, nos pone ante una nueva realidad, en donde no solo “no hay nada nuevo bajo el sol” sino que tampoco “hay nada oculto bajo el sol o la noche”. El concepto de vida privada que, hace todavía unos pocos años, era un concepto por todos aceptado y por lo tanto no reglamentado lo mismo sucedía con un derecho fundamental del hombre, la “libertad de expresión”.
Pero como en toda reglamentación, la necesidad de contar con marcos normativos, es producto de hechos consumados, no preventivos. El involucramiento, incluyendo a los menores, solamente requería de su presencia con lo cual, en la difusión de los hechos eran coparticipes y por lo tanto tenían una parte de culpabilidad. Los hechos, en donde se involucraba a menores de edad, llegaron a niveles bochornosos. Por una parte, la menos escrupulosa, era realizada por los medios de comunicación, lo cual orilló a la intervención de las Naciones Unidas para determinar una legislación de obligatoriedad mundial. En cuanto al abuso de la libertad de expresión, se tienen legislaciones, principalmente en los países desarrollados, pero su aplicación se reduce a sanciones de carácter monetario, los únicos ejemplos de una eficacia real ha sido cuando están involucrados en la contienda los mismos medios de comunicación.
Lo anterior nos dice que la pesadilla, profetizada por George Orwell en su libro “1984,” nos está alcanzando. Por ello, le solicitamos, amable lector, nos permita en una segunda entrega la exposición de como la fusión de todas esas tecnologías puede hacer realidad esa pesadilla obligándonos a replantearnos no solo la forma de vivir sino también de realizar nuestras actividades, incluso las políticas. sergiocastro6@yahoo.com.mx


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