Rodolfo Villarreal Ríos
Rodolfo Villarreal Ríos
Nadie pone en duda lo valioso que fue para el futuro de la patria el accionar que, entre febrero de 1913 y abril de 1919, tuviera Venustiano Carranza Garza. Sin embargo, como les había sucedido a muchos antes que a él y les acontecería a otros tantos más después, creyó que los servicios prestados le alcanzaban para imponer sucesor y convertirse en el poder tras el trono. Pero con lo que no contaba era con que sus antiguos polluelos, cobijados bajo sus luengas barbas, habían aprendido a pie juntillas las lecciones que les impartiera y reclamarían para ellos el sitio principal del nido. En abril de 1919, Carranza aun contó con el apoyo de sus pupilos para deshacerse del intento de invasión liderado por el antiguo huertista Aureliano Blanquet y posteriormente dar cuenta del gavillero Emiliano Zapata. Después de todo esto, Carranza veía el futuro sin problemas y sentíase capaz de manejar exento de problemas el proceso sucesorio en la presidencia de la república. Sin embargo, el último día de abril de 1919, empezarían a aparecer premoniciones no muy halagadoras que concluirían en mayo de 1920, sobre lo acontecido a lo largo de aquellos doce meses les comentaremos en esta y la próxima colaboración.
El 30 de abril de 1919, en la revista estadounidense “Outlook,” apareció un artículo bajo el título “The danger of Mexico,” (El peligro de México) en el cual se apuntaba: “De acuerdo a la nueva constitución, el Presidente Carranza no puede reelegirse, pero es muy probable que por razones prácticas nomine un candidato que lo represente, probablemente uno de los miembros de su gabinete. Hasta ahora, se hace mención de por lo menos tres generales muy renombrados, -[Álvaro] Obregón, [Pablo] González y [Salvador] Alvarado- aun cuando probablemente otros generales aparezcan en escena, mientras se discute acerca de un número igual de civiles. Es incierto asegurar si vaya a darse una confrontación abierta entre los candidatos o si alguno de ellos tomara el camino de la confrontación con el régimen carrancista. Pero de lo que no hay dudad es de que, en el verano de 1920, habrán de presentarse diferencias serias al interior del carrancismo y no sería de dudarse que hasta surgiera una revolución, esto es lo que predicen muchos estadounidenses quienes entienden la situación que se vive en México.” Y bueno, no había que ser pitonisa para afirmar lo anterior.
Carranza estaba convencido de que para poder continuar con el proceso de cambio que vivía el país, era necesario que un civil accediera a la presidencia de la república. Bajo esa premisa, los tres generales mencionados en el párrafo anterior quedaban excluidos de cualquier posibilidad de suceder a Carranza, a más de que el coahuilense creía a pie juntillas en las palabras que Obregón había emitido en Los Ángeles, California el 30 de enero de 1919, cuando aseveró que “él [Obregón] no sería candidato a la presidencia, el Presidente Carranza logró imponer y mantiene el orden que habrá de permitir una elección imparcial.” Ante esto, Carranza, confiado en su liderazgo, ya había decidido que quien habría de sucederlo era el hasta entonces embajador de México en Washington, Ygnacio L. Bonillas. Este personaje era un ingeniero graduado del Massachusetts Institute of Technology(MIT), con experiencia militar y política limitada, además de ser prácticamente un desconocido para la mayoría de la población. Enterarse de esto no fue nada grato para los miembros de las fuerzas carrancistas quienes no estaban dispuestos a subordinarse a quien la única pólvora que había olido era la de los cohetes que explotaban en las ferias de su pueblo.
El principal disgustado con una probable candidatura de Bonillas era Obregón quien tenía una memoria excelente y claramente recordaba lo que Adolfo De La Huerta Marcor cuenta en sus memorias. Al aproximarse las elecciones presidenciales de 1917, Carranza le solicitó a De La Huerta que hablara con Obregón para que no fuera su contendiente en dichas elecciones, arguyendo que Obregón aún era joven y tendría otra oportunidad en las elecciones de 1920. Un argumento similar, se utilizó con Pablo González. Ambos, González y Obregón, aceptaron, aun cuando aparecieron como candidatos testimoniales, el primero por la Liga Democrática y el otro como independiente, obteniendo once mil y cuatro mil sufragios en contra de los cerca de ochocientos mil de Carranza. En este contexto, en 1919, De La Huerta se entrevistó con Carranza y le recordó aquel encargo que le había hecho tres años antes a lo cual Don Venustiano dio una respuesta gélida. Posteriormente al reunirse por separado Obregón y González con Carranza para recordarle su promesa, el Barón de Cuatro Ciénegas exhibiendo que a testarudo nadie le ganaba, y cuando tomaba una decisión se aferraba a ella, mando a sus subordinados con cajas destempladas. Conocedor de que sus “polluelos” le podrían salir gavilanes y que era necesario tomar acciones para dividirlos y detenerlos, Carranza procedió de inmediato.
En mayo de 1919, invitó al aun gobernador de Sonora, y aliado abierto de Obregón, Plutarco Elías Calles, para que en septiembre, al concluir su encargo, se incorporara al gobierno federal como secretario de industria, comercio y trabajo. El sonorense aceptó creyendo que desde esa posición estaría en posibilidad de disuadir a Carranza y convencerlo de que Obregón era su mejor opción sucesoria, algo de lo cual posteriormente se percataría era un esfuerzo fútil. Mientras tanto, apareció el oportunismo de Pablo González. Al ver el rechazo de Carranza hacia una eventual candidatura de Obregón, González creyó ver la rendija por donde él podría introducirse y ser ungido como sucesor. Acto seguido, envió una carta al sonorense invitándolo a firmar un pacto para respetar los resultados electorales, además de prometerle que si él [González] resultaba electo, no tomaría ninguna medida en contra de Obregón y sus seguidores. La respuesta fue en negativo bajo el argumento de que de aceptarla sería convalidar que en el pasado había quebrantado las leyes. Al ver su fracaso, el neoleonés acusó al sonorense de ser desleal a Carranza. Esto aceleró el proceso y el primero de junio. Obregón lanzó un manifiesto declarando su candidatura a la presidencia de la república. En dicho documento, después de mencionar que daba ese paso tras de conocer el apoyo que le otorgaban amigos y diversos partidos políticos a lo largo del país, mencionó el papel fundamental que habría de jugar en el próximo proceso electoral el ejército, a cuyos miembros les solicitó no fueran a reprimir ninguna manifestación popular que se suscitara durante el proceso. Asimismo, enfatizó lo importante que serían las relaciones con otras naciones en el futuro próximo, al tiempo que daba la bienvenida al capital foráneo que quisiera venir a contribuir, bajo los lineamientos de las leyes mexicanas, al proceso de desarrollo del país. Mientras Obregón se pronunciaba, González apostaba al refilón.
El oriundo de Lampazos, Nuevo León estaba convencido que por haber vivido varios años en los Estados Unidos de América y estar casado con una estadounidense, le bastarían para obtener el apoyo del gobierno de dicho país. Aunado a ello, la prensa de aquella nación lo presentaba como un estratega militar brillante y un político conciliador. Asimismo, recordaba que había sido un aliado durante la Primer Guerra Mundial. En igual forma, González se acreditaba haber sido el pacificador del centro y sur del país, además de haber terminado con la insurrección zapatista. Con los generales en activo, el candidato preferido, Bonillas esperaba que le dieran cuerda, perdón, se mantenía reservado reuniéndose con partidarios del carrancismo. A finales de junio, en una comida con dicho grupo, fueron invocados sus logros como embajador y a lo largo de su carrera política. Mientras tanto, el obregonismo seguía empeñado en convencer a Carranza de que no eran sus enemigos.
Una vez que Elías Calles fue incorporado al gabinete, en su primera reunión le informó a Carranza sobre el preocupación de los sonorense por las acciones realizadas en torno al conflicto del Río Sonora, y como respuesta, el presidente le expresó su disgusto por las acciones de los obregonistas. Un tercero presente en la reunión, Francisco Murguía, sugirió que Obregón y Gonzales renunciaran a sus candidaturas y se nombrara un tercero. Elías Calles guardó silencio, pero al día siguiente, al reunirse a solas con el mandatario, le aseguró que ni él, ni Obregón eran sus enemigos. Aun cuando Carranza respondió positivamente, los apoyos oficiales a la candidatura de Bonillas seguían creciendo. El 27 de octubre de 1919, Elias Calles envió un comunicado a De La Huerta mencionándole que sí el presidente insistía en imponer a Bonillas, aquello acabaría en una revolución. La única alternativa para evitarlo sería una elección libre sin la intervención del presidente y los gobernadores. Sin embargo, Carranza ya había tomado una decisión y no estaba dispuesto a cambiarla. A testarudo nadie iba a ganarle, gracias a eso había logrado imponerse. Sin saberlo, ya estaba montado en el tren que lo llevaría a Tlaxcalantongo.vimarisch53@hotmail.com
Añadido: En los inicios del Siglo XXI acabó con el prestigio de la diplomacia mexicana. Hoy, como si nada, va por ahí anunciándose como el poseedor de la pócima que solucionara todos los problemas. Hay quienes le creen y compran el producto, igual sucedía con los merolicos de la Calzada Independencia en la Guadalajara de los 1970s, aun cuando estos al menos eran simpáticos. RVR