Rodolfo Villarreal Ríos

Las crisis y los actores que no reconocen su contribución

Las crisis y los actores que no reconocen su contribución
Periodismo
Julio 18, 2015 00:08 hrs.
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Los ciudadanos del aquel país estaban convencidos de que por fin habían llegado a ser parte de una nación que se hablaba de tú con las que antes los miraban de arriba hacia abajo. El dinero fluía constante, los negocios surgían uno tras otro. Las carreteras estaban repletas de camiones de carga trasportando mercancías. Las finanzas gubernamentales lucían sólidas y el gobierno gastaba a manos llenas, algo en lo cual eran imitados por sus gobernados, faltaba más. Las vacaciones ya no eran a parajes nacionales, esos se los dejaban a los turistas que desearan ir a conocer su riqueza histórica. Era el momento de moverse a lo largo y ancho del mundo. Y en ello iba preparar a las futuras generaciones de profesionales a quienes había que hacerles sentir el roce con ciudadanos y conocimientos de otros lares. El aldeanismo llegaba a su fin, para eso había dinero en abundancia, los préstamos internacionales jamás eran negados, cuando se alcanzan esos niveles sobran quien ofrezca recursos y tanto el emisor como el receptor pues ni se ocupaba de ver a que tasas y plazos enviaban-llegaban, simplemente cumplían con otorgarlos-aceptarlos y gastarlos para que la población sintiera que por fin le cumplían. Consumir productos nacionales era motivo de desdoro, nadie que se respetara iba a dejar de adquirir lo que portara etiqueta de haberse producido en otro sitio. La generación de bienes nacionales, así como la productividad, andaba por los suelos. Los salarios subían cada vez que la inflación amenazaba comérselos. La moneda extranjera, mucha dela cual había sido acarreada hacia al exterior para poner los ahorros a buen resguardo, era de curso corriente y las transacciones importantes eran tasadas en esos términos. Mientras tanto, la otrora orgullosa divisa nacional languidecía. Sin embargo, ni a quien le preocupara todo eso, en el horizonte no se veía como fuera a terminarse aquello. Finalmente, un día, la fuente de riqueza empezó a dar muestras de debilidad y a la par los créditos se volvieron más caros o simplemente ya no llegaban. Y no quedo sino que el encargado de las finanzas nacionales saliera a explicar la situación.
Asumiendo el papel de un médico, señalo que la economía del país era como un paciente enfermo quien requería tratamientos diversos conforme fuera variando el cuadro clínico. Con una tasa de desempleo que iba más allá del 50 por ciento y una inflación cuyos niveles indicaban alcanzaría, a finales del año, el 100 por ciento. Ante eso, no quedaba sino recetar medicinas cuyo sabor era poco grato y habría de tener efectos secundarios en el organismo. A nadie gustó aquel anuncio, pero mucho menos habría de agradarles conocer al detalle las medidas, mismas que eran muy estrictas. Se decretaba el control de cambios, el congelamiento de las cuentas en moneda extranjera, los precios se disparaban y la lánguida moneda nacional valía menos que una semilla de girasol. El gobierno ya no tenía reservas en sus arcas y por lo tanto se declaraba incapaz de cubrir el servicio de su deuda externa y el monto del principal que pronto tendría vencimiento. Esto ya no fue solamente motivo de disgusto y alarma entre los ciudadanos comunes, también los bancos extranjeros, los cuales poseían el sesenta por ciento de la deuda de aquella nación, reaccionaron “apanicados.” Ante ellos, ya había estado explicándoles la magnitud del problema el encargado de las finanzas de aquel país, a la par que les solicitaba una prórroga de noventa días para cubrir los pagos de diez mil millones de deuda en moneda extranjera. Sin embargo, eso no era todo, para poder subsistir. Sería necesario que le facilitaran otro préstamo para el próximo año, el cual podría alcanzar un monto de mil millones en divisa externa. La banca de aquella nación estaba al borde de declararse insolvente, había vaciado sus arcas y el gobierno dijo que asumía su control. Como sucede siempre, los aplausos de las masas siguieron a la medida, sin quedar al margen quienes protestaban ya que temían que aquello fuera solamente el inicio de medidas más drásticas. Sin embargo, las loas fueron pasajeras y durante los meses subsecuentes, el desempleo y los precios fueron en aumento, mientras que la confianza se desvanecía. Pero eso solamente era el principio, lo peor estaba por venir.
El primer semestre del año siguiente, aquello llegaría a lo que ya pocos se acordaban. Como ya nada se producía en aquel país, la escasez llego en artículos básicos, pasta dental, jabones, papel higiénico y varios más fueron convertidos en artículos del mercado negro. La ilusión de riqueza era eso una quimera y pocos querían acordarse de que conjuntamente con su gobierno habían contribuido a aquello que parecía no tener remedio, a menos que se aceptasen las condiciones impuestas por la economía dominante y el FMI. Y pues a admitir los programas de ajuste y las medidas draconianas, no quedaba sino empezar el camino para abrir la economía y olvidarse de las empresas en manos del estado, había que buscar la vía de la privatización para tratar de volver a encontrar el rumbo. En medio de todo eso, dio inicio la reconstrucción del desastre al que todos de una u otra manera, aunque algunos no lo quieran aceptar, habían contribuido.
Sí usted, lector amable, al leer lo anterior se ha figurado que comentamos acerca de la crisis griega, los aprietos venezolanos, los ahogos ibéricos o las dificultades gauchas, permítanos decirle que se ha equivocado, lo que narramos fue la crisis que vivimos los mexicanos desde el verano de 1982 y que tendría su clímax durante los seis años siguientes. Sobre la gravedad de la crisis y de cómo la enfrentaron fue escuchada en labios de uno de los negociadores principales, mesa de por medio, por alguien quien en un punto de su vida desempeñara el rol de experto fantasma en deuda externa, mientras escribía los artículos que, sobre el tema, firmaba un economista mexicano afamado. Los negociadores, relataba el actor, se fueron a negociar con lo que traían en la bolsa en efectivo, ya que sus tarjetas de crédito emitidas en México no eran aceptadas en ningún lado. Y el descredito del país llego a tal nivel que para los inicios de 1983, ninguna universidad estadounidense aceptaba estudiantes que llevaran el respaldo del gobierno mexicano. Los que estaban en esa calidad en el extranjero, alrededor de mil, unos terminaron como pudieron, otros sobrevivieron para finalizar y una gran cantidad hubieron de regresar sin papel alguno que respaldara sus estudios por allá, eso sí bien paseados. De aquella crisis medio se salió. Fue necesario se tomaran medidas que desmadejaron el sistema proteccionista y el estado de bienestar social. Realmente no quedaba otra alternativa ante un mundo que cambiaba. Era incorporarse o simplemente verlo pasar. Sin embargo, al modelo se le hicieron los ajustes económicos, pero la parte social quedaba pendiente y en eso se iba a trabajar entre 1994 y el 2000, pero lo que sucedió usted lo sabe y a partir de entonces las crisis recurrentes son la constante. Hoy nos mostramos sorprendidos, y hasta criticamos, a los griegos por llevar la crisis hasta un punto de no retorno, pero mal haríamos sino recordamos que nuestro comportamiento, junto con el de los gobernantes mexicanos, no hace mucho nos pusieron en una situación similar y es fecha de que no queremos aceptar que las crisis no son solamente responsabilidad de los gobiernos, sino que a ello también contribuimos todos como ciudadanos. Claro que alguien pude decir que simplemente somos víctimas, pero recordemos como nos comportábamos en los años de jauja petrolera o cuando el salinismo ofrecía nuevos horizontes y todo mundo alababa al presidente. Las crisis no solamente las generan las autoridades, a ello también contribuimos cada uno de nosotros en mayor o menor medida por acción u omisión. Si, ya sabemos que afirmar esto no es motivo para ganar felicitaciones, pero al observar la “tragedia” griega y los abusos que cometieron los pobladores de aquella nación, no pudimos sino acordarnos de que en eso de generar crisis también nosotros, los ciudadanos mexicanos, hemos sido coparticipes junto con nuestros gobiernos, aun cuándo después simplemente digamos que las autoridades son las culpables. Porque ni modo que vayamos a decir que las épocas buenas, que las hemos tenido, solamente han sido responsabilidad de los gobernantes y los ciudadanos de a pie nada tuvieron que ver con ello. vimarisch53@hotmail.com
Añadido: Nostalgia pura de cuando el respeto, la forma y el fondo, parafraseando al tuxpeño, eran parte fundamental del quehacer político. “Desde el aire, cuando arribé a esta población, pude ver al pueblo llenando, expectante, las calles. Esperaba con entusiasmo al símbolo que es el Presidente de la Republica, porque el pueblo sabe que en México el Presidente recoge los anhelos populares y lucha con él para superar sus condiciones de vida…” Esto lo declaró un mexiquense investido como Presidente Constitucional de los Estados Unidos Mexicanos, Don Adolfo López Mateos, al arribar, el 24 de octubre de 1960, a Piedras Negras, Coahuila. RVR

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