Concluyó el horario de verano, aplicado por vigésimo año consecutivo en nuestro paÃs, ocasión que sirvió para el recuento acostumbrado de ahorros energéticos que las autoridades registran puntualmente aunque la población no los percibe en el bolsillo.
Lo que sà percibimos el común de los mortales, es el desajuste recurrente del reloj biológico a causa del salto sucesivo hacia adelante y hacia atrás de los relojes, y las cÃclicas adaptaciones obligadas en la vida cotidiana.
A lo largo de dos decenios, la medida inventada en los paÃses nórdicos, donde las diferencias estacionales de luz y oscuridad son muy grandes y justifican su observancia, se ha aplicado artificialmente en un paÃs en el cual más de la mitad de su superficie se encuentra en la zona tropical.
Pese a que nunca se ha confesado oficialmente que la instauración de los cambios de horario obedece a tratar de emparejar los ritmos de México con la actividad norteamericana, luego del Tratado de Libre Comercio, las evidencias con inocultables.
Cuando se instauró, el calendario fue copiado puntualmente del estadounidense, y al ampliarse éste años más tarde, los municipios mexicanos de la frontera norte se desfasaron de los lapsos de aplicación nacional para hacerlos coincidir con las fechas actuales en Estados Unidos.
En cambio, Sonora se excluye de todo cambio horario, y la única razón de esa excepción es que el estado vecino norteamericano, Arizona, se ha sustraÃdo de andar moviendo el reloj. Ahà entonces no valen las razones aducidas de aprovechar mejor el tiempo y economizar energÃa.
Si realmente hay razones de ahorro en electricidad y combustibles, serÃa más racional mover de manera uniforme y permanente los horarios nacionales hacia adelante, y no andar con estos jueguitos de mover cada tantos meses el reloj, como si el tiempo fuera un juguete.
Pero eso no ocurrirá. La sujeción hacia los Estados Unidos es demasiado poderosa como para permitirlo.